viernes, junio 23, 2017

Paisajes




Acerca de la remodelación del camino que lleva al faro del puerto de la playa de Gandía.

Un ejemplo de mejora urbanística, para un mayor confort y seguridad del visitante, pero también es un buen ejemplo de contrariedad inducida por esa misma modificación del paisaje, lo cual supone modificar la conciencia y la vida. La antigua vía hacia el faro, ubicado al término de la escollera, estaba formada por grandes bloques de piedra que abrían el paso con la posibilidad de descender y reposar hacia el este, sentados ante la panorámica del mar alimentando la visión y el pensamiento. Lejos del paseo marítimo, avanzar por sobre aquellos enormes bloques suponía adentrarse en un territorio aparte, evocador de la antigua diania, no solo por la vista del Montgó de Denia y demás cadenas montañosas pertenecientes a las comarcas centrales de la Comunidad Valenciana, sino porque cualquier ciudadano tenía esa posibilidad que ahora ya no tiene: la de meditar sentado sobre las rocas, sentir más de cerca el sonido de las olas, e imbuirse del movimiento de las corrientes marinas. Una oportunidad de pensar la eternidad, pues la inmensidad del mar y su misterio modifica la percepción y el estado mental. Ahora sólo queda un boulevard o apéndice del paseo marítimo, un recuerdo de lo que ya no es. Si diania es nuestra verdadera tierra entonces somos griegos y romanos antes que ciudadanos. Sólo cuenta el presente, el cual se define por la autenticidad y no por una secuencia temporal. La autenticidad de la luz, la de la claridad del mediodía griego, la de Hispania, del Egeo y de Jerusalén.